Lo que voy a contar ahora, no es un hecho agradable... Ha pasado mucho tiempo desde entonces, pero es un recuerdo que nunca podré separar de mí. Puede que por ello, sea lo que soy hoy...
Pasó cuando era un niño, con diez años, a pocas semanas de cumplir los once... Me encontraba jugando en el patio trasero de mi casa, a la pelota, como era habitual en aquella época. Aquella tarde mi madre no estaba, recuerdo que tuvo que ir a hacer la compra. En cambio mi padre estaba en casa, encerrado en su despacho... Seguramente trabajando.
De niño solía ser muy despistado, más de lo que soy ahora... Por lo que hubo un momento, en el que algunos tipos entraron en casa. Les escuché gritando, me asomé con miedo para ver qué ocurría, y por las pintas que llevaban todos ellos, pude deducir que eran de la Yakuza.
Algo turbio cernía a mi padre, era pequeño, pero era obvio, algo malo pasaba. Sujetaban a mi padre por los brazos, además que le sujetaban del pelo, amenazándole con pistolas y con alguna que otra wakizashi... Un escalofrío recorrió mi cuerpo, no dejaban de zarandearle, le gritaban, le empujaban, y yo miraba todo aquello con temor, con miedo.
El que estaba en frente de mi padre le apuntaba con una pistola, en aquel momento dejé de escuchar y observaba aquello boquiabierto, sin saber que hacer. Pero era un niño... ¿qué podría hacer contra un grupo de mafiosos armados...? Fue así como vi como asesinaban a mi padre, como le dispararon entre ceja y ceja, y entraban al despacho para revolverlo y llevarse todo lo que veían de valor.
Me quedé en shock, me temblaba todo el cuerpo, y lo único que pude hacer además de callar y observar, era dejar que se fueran. Me arrastré hasta el cuerpo de mi padre, me abracé a su cuerpo aún caliente y empecé a llorar desconsoladamente, durante horas, sin querer separarme.
Aún recuerdo, como aquella calidez desaparecía por momentos, esa sensación de abrazar a la nada y al mismo tiempo abrazarlo todo, a quien fue mi padre.
Después de eso, no recuerdo nada de entonces, tampoco recuerdo el día del funeral. Solo recuerdo mi silencio. Mi madre fue quien me encontró junto al cuerpo frío de mi padre, decía que pasé horas y horas allí, con los ojos abiertos y la mirada perdida.
Sé que me volví un niño muy frío, que apenas decía nada, incluso me comunicaba a veces con meros gestos con la cabeza. Era imposible sacarme conversación, o hacerme sonreír. Pocos días después de mi duodécimo cumpleaños, mi madre me regaló una guitarra clásica, me enseñó a tocarla, y así fue como poco a poco, mi apagada alma volvía a florecer en mi interior, gracias a la paciencia de mi madre.
Pero nada termina ahí, más hechos pasaron después de aquello, pero por ahora, no quiero explayarme más. En esta colina en donde estoy ahora escribiendo, empieza a oscurecer, y quiero volver a casa, con los míos...