Mi nombre es Kaoru Niikura. Nací en la Prefectura de Hyōgo, el 17 de Febrero de 1974.
Siempre estoy acompañado por este cuaderno, en él escribo mis sentimientos y mis incertidumbres en forma de notas musicales... Pero pensé, ¿por qué no ir más allá? Voy a ponerle letras a mi historia. Ponerle letras a lo que siento y pienso, a mis recuerdos.
He pasado mi niñez en Kōbe, me pasé diez años siendo un niño normal y feliz, jugando al fútbol, corriendo por las calles con otros niños, hasta que tocaba volver a casa, ya que el toque de queda que impuso mi madre para volver a casa siempre era a las siete de la tarde.
Un día perdí mi pelota, era un regalo que mi padre me hizo por mi octavo cumpleaños. A pesar de que la pelota tuviera ya unos años, y que podría aprovechar y pedir una pelota nueva para jugar, decidí buscarla. Mis amigos se fueron a sus casas dejándome solo, la noche caía y caía. Habitualmente sabía que hora era gracias a que uno de mis amigos tenía el mismo toque de queda que yo... Pero ahora había perdido la noción del tiempo. Llegaba tarde a casa, pero mi cabezonería y mi orgullo me impedían ir a casa sin la pelota. Era la pelota que me regaló mi padre. No quería perderla.
No sé como acabé por entrar en una calle totalmente desconocida para mí, apenas había luz, y el olor a basura me envolvía por culpa de todas las bolsas acumuladas de deshechos orgánicos que había a cada paso. Un escalofrío recorrió mi espalda, me había perdido y ahora no sabía como volver... Buscaba algún punto de luz, alguna farola en aquella maldita calle, pero cuando me giraba para mirar atrás, me daba miedo. ¿Qué iba a ser de mí? Estaba muy asustado, la pelota pasó a quedar en el olvido, sentía mucho miedo. Decidí seguir mi instinto y buscar algún escondite, tenía hambre y estaba cansado, no quería seguir caminando por aquella oscura y pestilente calle. Tan solo quería correr hasta los brazos de mi madre y sentirme protegido por mi padre, pero estaba solo.
Caminé un poco más hasta encontrar un hueco libre entre un banco estropeado y un contenedor gris, sentándome a cuclillas apoyando mi espalda sobre la pared y rodeando mis piernas con los brazos.
No sé cuanto tiempo llevaba ahí... Sentía mis piernas y mis brazos algo entumecidos por el frío y por estar todo el tiempo en la misma posición. Mi ceño estaba fruncido y mis ojos cerrados con fuerza, deseando que aquello tan solo fuese una pesadilla, o maldiciendo en mi interior la estupidez tan grande de perderme por una pelota...
Finalmente me quedé dormido. No sé por cuánto tiempo, porque desperté al escuchar una voz. Una voz completamente desconocida para mí, y sentí verdadero miedo, un miedo peor que el anterior...
"Un niñito como tú no debería andar por calles como esta... ¿Te has perdido...?"
Sentía malas vibraciones, notaba intenciones verdaderamente malas... Notaba como mis piernas comenzaban a temblar ligeramente, alzando la mirada para encontrarme con aquella persona que me hablaba, la cual no logré distinguir por culpa de aquella oscuridad que se cercía sobre la calle. Intenté alejarme, sin quitar la mirada de aquella persona, colándome detrás del banco y saliendo por el otro extremo, echando a correr desesperadamente, con el corazón embalado... Solo quería irme a casa...
¿Y qué era eso que veía acercándose? ¿Qué eran esas luces que parpadeaban...? A medida que me iba acercando a aquella luz, noté como un gran peso se me quitaba de encima... Era la policía, estaban buscándome... Me acerqué más, llorando por el alivio tan grande que sentía, y pude ver como entre los policías estaba mi padre... Lloré más aún, corriendo hasta abrazarle... Ahora estaba a salvo y protegido. A pesar de escuchar su fuerte reprimenda, me abrazaba y me cogió en brazos.
"Lo siento, papá... Siento mucho haberte preocupado..."